Misreadings (trece+1) del 2013

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1- El monóculo melancólico, Guido Ceronetti.

La infinita erudición de Ceronetti va de la mano de su infinita capacidad e imaginación sintácticas. En la prosa de Ceronetti se da un enroque de conocimiento y creación, hasta crear un delicadísimo paño verbal que, no obstante, está atravesado por una mordacidad y humor implacables. Ceronetti ensaya desde los territorios de Verso, desde los arcanos mismos de lo poético. Los ensayos “Poesía clara, poesía oscura” y “Muerte de la Plegaria” son para enmarcar; de hecho, ahí están como dos libros más en mi Biblia personal.

Subrayado: “Escribo aún versos, no he perdido el gusto. La pasión por excavar en una breve línea de escritura —coloso de apariencia muy tenue— revela un irregular apego a todo (conocimiento, amor, vida, mundo, Dios); sin embargo, el resultado no es bueno si no se comprueba de inmediato, en el verso terminado, la fuerza de un verdadero alejamiento.

2- El caballero y la muerte, Leonardo Sciascia.

Ni novela negra, ni leches. Sciascia compone con/desde la lóbrega amabilidad que caracteriza a muchas de las grandes obras artísticas. La verdadera investigación que esta novela emprende es ontológica, y el conejillo de indias para tal empeño es el personaje protagónico, el Vice, que muere kafkianamente, en una suerte de espacio y tiempo sicilianos grabados por Durero. Sciascia, como buen animal insular, escribe desde el aislamiento, con una prosa que tiende a sostenerse en la prosodia de las olas marinas, de un golpear entre implacable y sedoso.

Subrayado (es imperativa su extensión): “De pensamiento en pensamiento, al irse disipando esa obsesión, pasó a recordar los perros de su infancia, sus nombres, el valor de unos, la pereza de otros, como decía su padre cuando hablaba con otros cazadores. De pronto se le ocurrió algo que hasta entonces nunca había pensado: ninguno había muerto en la casa, no habían visto morir a ninguno, ni a ninguno habían encontrado muerto en su camita de paja y mantas viejas. A determinada altura de su edad o de su bronquitis se los veía cansados, ya sin ganas de comer ni retozar, y desaparecían. El pudor de la propia muerte. Como en Montaigne. Y le pareció sublime, con la misma fuerza afirmativa del imperativo kantiano, como una modalidad de ese imperativo, el hecho de que una de las más altas inteligencias de la humanidad, deseando que la muerte lo alcanzase lejos de las personas que lo habían rodeado en vida, y mejor en soledad, hubiese meditado y razonado lo mismo que el perro sentía por instinto. Y eso bastó, a través de la gran sombra de Montaigne, para reconciliarlo con los perros.

3- Rebelión en la granja, George Orwell.

Un libro cuya lectura postergué durante años. Leído casi de un tirón, como no debería leerse ningún libro. (A los libros hay que degustarlos, lentus in umbra, y si pasan el examen, cerrarlos, dejarlos descansar, volver a abrirlos, mal leerlos, reescribirlos en la medida en que se leen, descifrar la música por la que las frases avanzan y se detienen y finalmente se deshacen hasta alcanzar categoría de resonancias, quienes entonces ya no pertenecen a su autor, sino a tu oído interno.) Esta novela resulta una de las grandes fábulas modernas —suerte de Esopo estalinista, o de La Fontaine maoísta—, pero se trata de una fabulación que muere en el espacio de lo político, que todo lo pervierte, tan propio y tan ajeno a lo literario. La imagen del cerdo Napoleón, caminado en dos patas, con pipa en boca, es inolvidable. En fin, una sátira que deja en cueros —revela procederes de su vida íntima— a ese señor llamado Totalitarismo.

Subrayado: “Era un cerdo caminando sobre sus patas traseras. Sí, era Squealer. Un poco torpemente, como si no estuviera del todo acostumbrado a sostener su gran volumen en esa posición, pero con perfecto equilibrio, estaba paseándose por el patio. Y un rato después, por la puerta de la casa apareció una larga fila de cerdos, todos caminando sobre sus patas traseras. Algunos lo hacían mejor que otros, si bien uno o dos andaban un poco inseguros, dando la impresión de que les hubiera gustado el apoyo de un bastón, pero todos ellos dieron con éxito una vuelta completa por el patio. Finalmente, se oyó un tremendo ladrido de los perros y un agudo cacareo del gallo negro, y apareció Napoleón en persona, erguido majestuosamente, lanzando miradas arrogantes hacia uno y otro lado y con los perros brincando alrededor. Llevaba un látigo en la mano.

4- La folie Baudelaire, Roberto Calasso.

En su prosa, Calasso siempre es capaz de dar con la frase inteligente que además (nos) llega a encantar. Calasso no sólo ensaya sobre la obra y los accidentes de vida de Baudelaire, también noveliza a Baudelaire. Asimismo, hay en estas páginas una precisa exposición del ideal del artista moderno, cuya cabeza fue sin dudas el autor de Las flores del mal. Sin embargo, Calasso no se limita a ensayar sobre la poesía baudelaireana, va más lejos: rastrea en los escritos sobre arte de Baudelaire ese ideal de lo moderno que marcaría todo el pensamiento artístico (y estético) hasta el día de hoy.

Subrayado: “El Aburrimiento, el Tedio que Baudelaire puso como divinidad tutelar en el umbral de Les Fleurs du mal era el sobrentendido, la lengua franca de todas las sensibilidades. Era la perforación del terreno que permitía alcanzar un estrato común, el equivalente de la lucha de clases para Marx.

5- Enemigos de la promesa, Cyril Connolly.

A propósito de la muerte de Connolly, Stephen Spender dijo: “La gente, toda, parece sustituible, salvo aquellos pocos que se llevan partes de nosotros, que no pueden ser sustituidas. Ahora, ¿a quién le podremos preguntar sobre buenos libros?”. Este es uno de los escritos fundamentales para comprender el fenómeno de la literatura moderna, ya que en él Connolly expone su tesis desde la definición y análisis de “los estilos de lo moderno”: el estilo vernáculo vs. el estilo mandarín. En este volumen el pensamiento crítico está sostenido en un discurrir prosódico-mental tan vigoroso, que a veces no sabría dirimir qué es más importante: el objeto de análisis y las ideas expuestas, o la escritura en sí misma. Con Connolly se aprende a ensayar.

Subrayado: “Un gran escritor crea un mundo propio y sus lectores se enorgullecen de vivir en él. Un escritor inferior podrá atraerlos durante un momento determinado, pero muy pronto los verá marcharse en fila. Oscurece ya, las ranas croan, los vencejos se ladean y silban sobre el terraplén y la noche va cargando de amenaza las horas sesgadas durante las que se me puede confiar una pluma.

6- Al buen entendedor. Ensayos, Seamus Heaney.

Leer los ensayos de los grandes poetas es (casi) siempre aconsejable. Ellos nos aleccionan (como casi nadie sabe) en los secretos técnicos y expresivos en cuanto a poema y poesía se refiere. Ellos nos traducen (como casi nadie podría traducirlas) las voces e ideas de lo artístico y de lo poético. Heaney no es la excepción, y estos ensayos son ejemplo de ello. Heaney nos habla de Eliot con la naturalidad e intensidad de quien nos cuenta la tensa y hermosa relación con su mejor amigo del colegio.

Subrayado: “Así pues, para concluir diré que si Eliot no me ayudó a escribir, sí me ayudó a aprender lo que significa leer. La experiencia de su poesía es insólitamente pura. Se comienza y se termina con las palabras, a diferencia de la obra de otros poetas donde, con frecuencia, el lector puede hallar respiros y coartadas.

7- El último día del estornino, Gerardo Fernández Fe.

Una novela proustianamente anti-proustiana; o para decirlo de otra manera, menos macarrónica: una novela donde en sus entrelíneas se le ha dado empleo a Proust, a las ideas que sobre “lo literario” desarrolló Marcel Proust. Fernández Fe logró en este libro congraciar/enrocar a varios de los subgéneros narrativos: la novela negra, la novela polifónica, la psicológica… Un relato donde la gimnasia cerebral y los ejercicios imaginativos —encarnados en el personaje principal: Luis Mota— maniobran los hilos argumentales. Una novela que debe leerse como se transcribe una partida de ajedrez: maniobras tácticas y posicionales entre 64 casillas; o para decirlo de otra manera, más literaria: (casi) infinitas combinaciones narrativo-argumentales en las extensiones de la página.

Subrayado: “Todo conduce a una misma sensación: el estornino caído a sus pies en convulsiones espantosas a la salida de la última película de Van Diesel; el recuerdo de la muerte de su padre veleidoso a manos femeninas; el viaje de su madre combatiente hacia un no-sentido, hacia la nada; el fusil automático que ajustició sin razón aparente a Derrick Gloster […]; el cuerpo de David Carradine, su actor preferido en Kill Bill II, encontrado sin vida en su hotel de Bangkok, desnudo, sin señales de lucha...”

8- Los duelos de una cabeza sin mundo, Ernesto Carrión.

Aquella exigencia teleológica de José Lezama Lima, donde la Poesía debía reencarnar en la Historia, es retomada en Los duelos de una cabeza sin mundo. Pero Ernesto Carrión recoge el guante lezamiano desde una intelección de reverso: la reencarnación del logos poético en la Historia (americana, occidental, que no accidentalmente mestiza) ha sido postergada/suspendida en su improbable realización. Poemas donde el metarrelato histórico se hace trizas en un violento viaje hacia las profundidades de la individualización. Poemas donde se presiona la sintaxis de cada verso hasta alcanzar la convulsión (barroca) de la lengua.

Subrayado: “del hospital privado los recuerdos deslavando tus enormes memorias suceden afuera: la quijada que te rompiste en la casa de la colina donde una de las marías te sobrevivía repleta de una luna esparcida en sus mecedoras Dos meses sin comer y el hambre con el que las enfermeras ataron tu mirada al mundo y tu lengua al paladar para que te calles

9- Hospital británico, Héctor Viel Temperley.     

El último libro de poemas de Temperley, escrito desde una enfermedad terminal —incluida una operación a cerebro abierto—, meses antes de morir. Esquirlas poéticas en prosa, dolorosamente saludables. Poemas de un expresionismo místico que nos recuerda que la verdadera poesía accede a un descampado ontológico donde Retórica ya no importa —aunque por ella sea inevitable transitar—; poemas de un surrealismo anti-retórico, dictados por un sueño fúnebre. Lírica repetitiva… repetitiva y última como la muerte misma.

Subrayado: “La muchacha regresa con rostro de roedor, desfigurada por no querer saber lo que es ser joven. /Llevando otro embarazo sobre las largas piernas, me pide humildemente fechas para una lápida.

10- El arte moderno: Del iluminismo a los movimientos contemporáneos, Giulio Carlo Argan.

Un libro imprescindible para amantes y estudiosos del Arte Moderno. Es más, un “must read” para profundizar, por un lado, en los intríngulis estéticos e históricos de la contemporaneidad artística; y por otro, para disfrutar de una ensayística donde conocimiento riguroso e intuición crítica van de la mano. En estas páginas se desbroza lo Moderno del mismo modo en que lo hace el carnicero con la res; esto es, a lo Moderno se examina como a “un paciente anestesiado sobre una mesa”. Además, la prosa de Argan le debe mucho a la de estetas como John Ruskin y Oscar Wilde, tan poco practicada por estos días llenos de pseudo-sofistas, de derrideanos con errores de redacción, y de “pensadores” y “teóricos” sin la gracia lingüística. Leer a Argan desintoxica, vigoriza, renueva la fe en la crítica y filosofía del arte.

Subrayado: “Klimt es conciente de la lenta e ineluctable decadencia de la sociedad, de la que se siente un triste cantor: la sociedad del viejo imperio austro-húngaro, que ya sólo conserva el recuerdo de un originario prestigio como institución teocrática. Klimt se siente profundamente fascinado por este ocaso histórico; asocia la idea del arte y de lo bello a la de la decadencia, a la de la disolución del todo, a la de la precaria supervivencia de la forma estética tras la muerte histórica. En una profusión de ornamentos simbólicos, pero de cuyo significado también se ha perdido el recuerdo; desarrolla los ritmos melódicos de un linealismo que termina siempre volviendo al punto de partida, cerrándose en sí mismo; y los acompaña con delicadas y melancólicas armonías de colores apagados, cenicientos, perlados.”

11- Tercera persona, Rolando Jorge.

Obra de vida —a la que le aguardan todavía muchas resonancias—, poesía reunida (donde se incluyen cuadernos inéditos) de este lobo solitario y poeta full time que firma con el seudónimo de Rolando Jorge, y que en verdad se nombra Homero, o Franz Kafka, o César Vallejo, o José Lezama Lima, o Søren Kierkegaard o tantísimos otros que caben, apretaditos, en cada uno de sus versos. Poemas deshilachados, muchas veces inacabados, versos de sonido seco que se dispersan/bifurcan en la aridez sonora que van creando. Rolando mira al lenguaje a los ojos; Rolando lo insulta, lo profana. Para un poeta como Rolando Jorge la lectura es la morada del Ser, y la posterior escritura el testimonio de cómo habitar esa morada.

Subrayado (verso que resume, y rezume): “Todo es juego; juego macabro de nublar y caer”.

12- Iconos. Imágenes extremas, Massimo Cacciari.

Cacciari nos recuerda que, aunque agazapado, actuando en interiores, el sentido auditivo está a la misma altura de la mirada, de ahí que estos tres ensayos sobre tres pinturas —Trinidad, de Andréi Rublev; La resurrección de Cristo, de Piero Della Francesca; y Retrato de los Arnolfini, de Jan Van Eyck— sean cantos ensayísticos, crítica sonora. Cacciari nos devuelve, mediante el estudio de los componente formales y espirituales que articulan esas tres Obras, la dimensión teológica-filosófica del Arte. Asimismo, excava en las imágenes para situarnos bajo una noche iluminada tanto por el misterio de las etimologías y de los símbolos religiosos, como por la naturaleza humana, demasiado humana de lo divino.

Subrayado (aquí se habla de la Trinidad, de Rublev): “Todas las figuras permiten el ámbito que comparten —ambitus ómnium—, pero cada una de ellas según su naturaleza. Cada una perfectamente distinta. Y así son también todas las presencias del icono: los escaños, el altar, los elementos del fondo, los pliegues mismos de las vestimentas tienen identidad y geometría propias, ritmos bien definidos respecto de la sustancia puramente espiritual del Círculo, ápeiron periéchon, el infinito envolvimiento que lo abraza. Se hace invisible la armonía entre Cronos y Aión, característica del platonismo y que es esencial para entender los fundamentos teológicos del arte del icono […] ¡La de Rublev es la traducción más fiel que se haya hecho nunca del primer versículo de Juan!

13- Los poemas de Maximus, Charles Olson.

Junto a los Cantos de Pound, Patterson de Williams y A de Zukofsky, uno de los proyecto poéticos más ambiciosos y asombrosos de la lengua inglesa (más bien estadounidense) durante el Siglo XX. Esta muy buena traducción de Ricardo Cazares nos trae al castellano el idioma Olson, apenas escuchado del Río Grande a la Patagonia, y de Gijón a Tarifa —incluyendo Canarias—. Los poemas de Maximus son una puesta en escena (no importa si a priori o a posteriori) de aquella hermosa idea programática que el propio Olson desarrolló/expuso en su ensayo “Projective Verse”. Tanto los poemas como el ensayo de Olson renovaron, desde una relectura crítica de la modernidad poética, la escena literaria contemporánea. Uno de los grandes poemas sinfónicos de la última centuria.

Subrayado: “Mido mi canción, /mido sus fuentes, me mido, mido /mis fuerzas //Y zumbo /como la abeja /que no alcanzó /el ciruelo /y quedó atrapada /en mi ventana //Y el zumbido de sus alas /borra el ruido /de mi máquina)

14- Acta est Fabula, José Kozer.

No es este el final de la Comedia, como pensaría un antiguo, o algún moderno despistado. Mucho menos el final de La Obra de José Kozer: esta Antología/Muestra (con varios inéditos) es apenas un recuento, una “pausa” en la mitad de la blancura de la noche, para de inmediato —a la mañana siguiente, entre el trastear de Guadalupe en la cocina y los cumplimientos fisiológicos— volver a empezar a escribir otro fragmento de ese sempiterno Poema de Kozer que siempre está haciéndose. Escuchad atentos, con el oído interior, elevad la mirada hasta los demás órdenes sensitivos: luego de atravesar la selva selvaggia de las formas y retóricas kozerianas, accedemos al sosiego, al cantar, a la voz del poeta diciéndonos (como un César de la poesía): «¡plaudite!, me japanese».

Subrayado: “En ti, Guadalupe, /reconfortar es natural. /Imprímele a quien esperas /entre dos orillas dos soplos, /un poco de figura y hálito, /imprímele otro poco de /tu diestra figura (naturaleza) /nárrale para oírlo, háblale /para escucharlo, y de él /(José) vendrá otra vez /(Pound) la lluvia (Li Po): /no estamos tú y yo /dispersos. Es aquí; aquí: /el sitio tiene nombre como /nombre innombrable tiene /tu naturaleza: le pondremos /endecha (qué más da); bien /sabemos que es para salir /del paso, sal a mi paso, /que llueve fino (llueve bien) /y las florestas de /la palabra se han hinchado.” 

 

 

[Pablo De Cuba Soria]

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