Autorretrato de Cioran

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El año 1941 escrito a lápiz al final del manuscrito, y/o “colección de exageraciones enfermizas” al inicio del mismo; la admiración hacia Madame Deffand, “tal vez la persona más clarividente de aquel siglo” XVIII; un “paisaje donde el infinito no tiene lugar”; “un país feliz en su espacio, con personalidad geográfica bien definida, lograda incluso en el plano físico”; una nación, en fin, que “ha opuesto la elegancia al infinito”; he ahí la Francia que Emil Michel Cioran piensa en su libro Sobre Francia. Una Francia que Cioran piensa sagazmente, pero también una Francia a la que él le da su forma. Un ensayo éste que es tanto una lúcida disertación sobre “la más refinada” de las naciones de Occidente, como un autorretrato del propio Cioran.

La auténtica biografía de los escritores se encuentra en el tono y accidentes estilísticos que sostienen su escritura. La fisonomía del escritor es más visible (apreciable) en las contracciones y distensiones que provocan el encadenar de sus palabras/frases, en los excesos y complacencias que sus ideas practican, que en las fotografías que de él (o ella) existan. Cioran no es la excepción. Leerlo, caer en su lengua, resulta una manera de corroborar a priori el rostro melancólico e incisivo que conocemos a través de imágenes.

Sobre Francia fue escrito en un momento de transición en la obra/vida de Cioran. Había dejado atrás la Rumania natal (“tierras primitivas, [el] submundo de Valaquia”), y residía ya como becario en la Francia que luego recorrería en bicicleta una vez perdida la beca y escogido el ocio, en el París que fue testigo de sus interminables insomnios durante décadas, y de su metamorfosis de un escritor heideggeriano a un pensador donde la jerga filosófica era substituida por una punzante manera literaria de pensar y escribir el mundo, o lo que de él va quedando. Sobre Francia es el espacio donde la escritura del autor de Breviario de podredumbre concreta su alejamiento del decir filosófico, para cultivar un decir/género cruzado por el ensayo literario y los escombros vitales que quedaban de su vocación filosófica.

Para Cioran, a semejanza de Nietzsche, Francia fue un modelo, un amor cultivable. Sin embargo, a diferencia del genio de Röcken —a quien primero admiró y del que posteriormente renegó, como buen parricida—, Cioran reconoce el mal y la salvación de Francia: la obsesión por la forma, que conlleva a la ausencia de profundidad, de vértigo: “¿Qué ha amado Francia? Los estilos, los placeres de la inteligencia, los salones, la razón, las pequeñas perfecciones. La expresión precede a la naturaleza. Se trata de una cultura de la forma que cubre las fuerzas elementales y extiende sobre todo brote pasional el barniz bien pensado del refinamiento”.

Tanto o más que una contingencia geográfica o una invención política, para Cioran Francia fue un estilo. Una expresión del ser. Su radiografía del país galo seduce en la medida en que muestra a un escritor que dialoga con sus demonios y obsesiones, a un pensador cuyas ideas se manifiestan en pugna constante con la gramática que las sostienen. Hay pocas frases y/o pensamientos que no merezcan ser subrayados en este libro. Sus definiciones y sentencias encandilan menos por la fuerza de las ideas propuestas (aunque también) que por el modo preciso e inquietante en que están dichas: “La divinidad de Francia: el gusto, el buen gusto, según el cual, el mundo —para existir— debe gustar, estar bien hecho, consolidarse estéticamente, tener límites, ser un encantamiento de lo aprehensible, un dulce florecimiento de la finitud”.

Asimismo, este libro ensayo (apenas 110 páginas con breve prólogo de Alain Paruit y nota biográfica incluidos) significó para Cioran una transformación de su ideología y pensamiento políticos. Del entusiasmo juvenil por el nazismo, Cioran se muestra en estas páginas como un catador del desencanto, de la más refinada pero mordaz decadencia: “Como un esteta del crepúsculo de las culturas que soy, paseo una mirada tormentosa y soñadora por las aguas muertas del espíritu”; o como bien señala Paruit en el mencionado prólogo, se autorretrata a la manera de los moralistas del XVIII, en la misma línea genealógica del conde de Maistre, a quien le dedicara una de los ensayos más brillantes que sobre el pensamiento reaccionario se hayan escrito.

El lector de este libro encontrará una Francia amada por Cioran, pero a la vez abierta como un cadáver sobre una mesa de forense. Un alma condenada a expirar eternamente, que “ya ha dado todo de si”. Un nación que en filosofía “se ha limitado a un círculo de cuestiones y respuestas en las que reaparecen sin cesar los mismos motivos: razón, experiencia, progreso”; una cultura que en música “no ha creado gran cosa”, porque “la música requiere algo así como una piedad abstracta, que dominan los alemanes, una ingenuidad inspirada y vasta, presente en la música italiana del siglo XVII”; un país que engendró a un “Paul Valéry patético y cínico, a un artista absoluto del vacío y la lucidez”.

Sobre Francia es tanto una confesión ácida y lúcida del amor de Cioran por ese país, por esa cultura, como también su autorretrato. Un escrito donde se trazan entrelineados los rasgos que caracterizaron la vida y obra del escritor rumano. Eso: un rumano vuelto francés debido a su obsesión por el estilo. (La construcción de su estilo fue el único optimismo que Cioran mostró: “Sueño con un mundo en el que se muriera por una coma.” Máxima que muy bien pudiera atribuírsele a Flaubert, el gran ejemplo francés de fascinación por la forma y el estilo.) Sin embargo, por el mismo hecho de no ser francés de raíz, le permitió el distanciamiento necesario para alcanzar/conservar el vértigo en su escritura: “Comprendo bien a Francia por todo lo podrido que hay en mí y a Alemania, a Rusia, a los Balcanes por la frescura heredada de un pueblo telúrico”. Por ello su lengua resulta inédita: un estilo a lo francés sostenido en el exceso, una causticidad estilizada: “Un alma vasta encerrada en las formas francesas”.

 

 

[Pablo De Cuba Soria]

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