El triunfo melódico del fracaso

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Julio Ramón Ribeyro: La tentación del fracaso. Lorenzo García Vega: El oficio de perder. Ambos libros cavan en aquella arquitectura de la demolición del ser de la que habló Fitzgerald en sus memorias The Crack-Up. Desmoronamiento que, sin embargo, deviene en hermosa paradoja estética: la apuesta por una escritura de riesgo constante, roedora de sintaxis hasta el logro de la frase que pone en juego el acto mismo de escribir. En los diarios de Ribeyro y en las memorias de García Vega nos asisten al menos dos certezas: el lenguaje lanzado a un límite dador de un nuevo idioma sobre las bases del español, y la lectura de dos escritores cuyo destino literario es inmensamente superior a lo que les sucede en sus vidas ordinarias. La experiencia vital se sostiene en el hundimiento, entonces la palabra escrita ahonda en él hasta que escuchamos al escritor golpear el hueso de su propio pensamiento, de su propia materia creativa.

Ambas piezas son “obra de la soledad”, como pretendía Proust. “He invertido toda mi salud, mi tiempo y mis fuerzas en negocios espirituales completamente ruinosos”, apunta Ribeyro el 20 de enero de 1963. “A veces estoy tan solo, en una Playa Albina donde vivo, que casi es como si, en algunas ocasiones, perdiera el sentido de la realidad”, escribe García Vega al inicio de las memorias.

En ambos libros se oyen cadencias léxicas que delatan fuerzas cerebrales tan personales, tan últimas, que colocan al lector ante una experiencia de escrituras visiblemente comprimidas, pero que a la vez se repliegan (indetenibles) en los ritmos interiores que las sostienen. Los dos libros transcurren, en sus más de quinientas cincuenta páginas en ambos casos, en/desde ese proceso de tensión–distensión. Páramos llenos de las vibraciones de la razón literaria. Demoliciones inducidas de resonancias que no permiten el derrumbe, sí la elevación de la letra diferente.

Si bien para Ribeyro la realidad, esa mezcla de pasados y presentes asociados/combinados, deviene pesadumbre, no por ello deja de buscar en la memoria y en el ahora los residuales artizables. Eso: construye sobre las bases de la caída miles de planicies/segmentos de una extraña escritura corrosiva. El texto ahondando en el vaciamiento, yuxtaponiéndose en un desplazamiento simultáneo. El vacío jamás se aprehende, sí sus cercanías a modo de ruinas ontológicas, acumulación de escombros a los que hay que encontrarles mediante las palabras alguna estabilidad:

“Como paquete de naipes caídos, mi vida es la imagen de la confusión y el extravío. Para comprenderla es necesario que recoja las cartas y ponga en orden las figuras. Sólo mediante la reflexión. Y la escritura.”

Ahí están también sus Prosas apátridas, variaciones de los fragmentos y/o entradas que conforman los diarios.

En el caso de García Vega, gracias y a pesar del desasosiego sobre el que se desplazan las palabras, nos desborda esa mente habitada por recuerdos vueltos melodía o ritmos cargados de obsesiones vitales. Sí: más que los eventos narrados, en El oficio de perder nos atrapa el ritornelo admirablemente perturbador que provocan sus palabras, colocadas una tras otra en un constante riesgo/bronca lingüística. Reminiscencias desnudas hasta los huesos:

[…] “aparece por la calle, frente a mi casa, la musiquita del carrito de helados del nicaragüense. El carrito se detiene. Algunos niños, albinos, van a comprar helados. La musiquita, ingenua, del carrito detenido en la calle por un momento, parece que encubre unos soplos, una nostalgia. La musiquita infantil, ingenua, por un momento parece que va a abrir… ¿Qué? ¿Qué es lo que va a abrir? Sin duda, tiene que ser una vieja historia, una vieja historia que tiene que ver con mi encuentro con la poesía allá en los años en que fui un niño prehistórico, en el pueblo Jagüey Grande donde nací.”

Julio Ramón Ribeyro y Lorenzo García Vega: auténticos ejecutantes de los tonos triunfales del fracaso.

 

 

[Pablo De Cuba Soria]

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