La poesía de Roger Santiváñez, un solo de eufonía

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Los poemas de Roger Santiváñez se sostienen en el desplazamiento de la frase en apariencia ingenua —cercana pero burlona de lo cursi— a la resonancia/eufonía lírica que fractura aquella “ingenuidad” primera. Poemas donde tonos leves son quebrados una y otra vez por una sintaxis que, sin apenas anunciarlo, se torna enrevesada, hasta alcanzar una escritura de densa liviandad. Un lenguaje en el que notas ligeras se amontonan, repliegan, cediéndole espacio a una extrañeza barroca que desacomodan al ojo y la escucha. Barroquismo amoroso, barroco sensual exacto en su nombrar, pero que toda vez que nombra —y he aquí otra de las energías destacables de estos poemas— inmediatamente escapa hacia otra red de sentidos y resonancias.

Los mejores versos de Santiváñez tienen la capacidad de hacer emerger una dificultad estimulante de un ligero discurrir lírico. Dificultad que justamente niega pero contiene a la vez aquella ligereza. Poemas que en el instante de mayor simplicidad son erosionados por un espesor que no es traído desde el afuera del marco textual, sino que emerge de la misma colisión sintáctica. Ricardo González Vigil señaló que “Santiváñez produce un singular mezcla de misticismo y erotismo, de religiosidad y sensualidad”:

Esmeralda superficial cubre los cuatro

Puntos cardinales mi visión amplía se remonta

Utópica horizonte alucinado & el viento preci

Pita cadencia recurrente en mis oídos gigan

Tesco caracol a través del salino perfume el

Chapoteo feliz de rizada niña rubia por

La ingrávida sinrazón oh silueta cuántica

Adhiere espejos a millares bajo el sol candente

Ilumina a forro amanecer andino truqueado

La gaviota se pasea en mi delante & el dueño

Del ritmo sigue interpretando su canción inmóvil

Incesante marea que aluniza en el poema

& lo derrite

También para González Vigil los poemas de Santiváñez están cargados “de profecía y de proclama ideológica rebelde”, a lo que podríamos agregar que son versos educados en la atmósfera y retumbos poéticos vallejianos:

Pueblo mío, infancia, estadio irresponsable.

La belleza de los padres como un dulce manto

protegiendo algún temor, alguna sombra amarga

esa soledad al terminar la vermouth

o al quedarme solo en las aglomeraciones

Oh locura de correr por mis calles, mi adorable geometría

Que creí. Adónde ir a buscar un calmante a mi muerte

Adónde ir, papá, mamá, hermanos, dónde.

Santiváñez trastrueca el candor del verso en yerbazal sintáctico-prosódico, sin que apenas nos percatemos. O, cuando nos damos cuenta de que el paisaje ha cambiado, ahora lleno de retruécanos y anacolutos y fugas semánticas, nuevamente nos sitúa —nos devuelve— a la red de resonancias primeras. Tensión y distensión neobarrocas se alternan en estos versos hasta alcanzar la compleja liviandad de los elementos. No obstante, estas continuas plegaduras de colisiones sintácticas, donde el significante prosódico rige los destinos improbables del poema, no deben leerse o escucharse desde un punto de vista meramente lingüístico. Hay connotaciones en la poesía de Santiváñez que trascienden el plano gramatical, para insertarse en un nivel de resonancias que podríamos llamar, a la manera del poeta y teórico Henri Meschonnic, una política del ritmo poético. Para Meschonnic es ahí donde:

“El poema puede y debe vencer al signo. Desbastar la representación convencional, aprendida, canónica. Porque el poema es el momento de una escucha. Y el signo sólo muestra. Es sordo, y ensordece. Sólo el poema puede prestarnos voz, hacernos pasar de voz en voz, hacer de nosotros una escucha. Darnos todo el lenguaje como escucha. Y lo continuo de esta escucha incluye, impone, un continuo entre los sujetos que somos, el lenguaje en que nos convertimos, la ética en acto que es esta escucha, lo que supone una política del poema. Una política del pensamiento. El partido del ritmo.”

La escritura de Roger Santiváñez profesa esa política del ritmo. Ese modo de ser en lo político a través del ritmo poético. Santiváñez transita en su poesía de un tono político-militante (que por suerte nunca perdió su esplendor estético), detectable sobre todo en su años de miembro del Grupo Kloaca, a un tono de autonomía prosódica, de fe en la política del ritmo. Al igual que aquella soberanía del verso mallarmeano, y que el “tono inamovible” vallejiano, el autor de Robert Pool Crepúsculos (2011) concibe y escribe el poema en tanto fuerza tonal, en tanto energía prosódica:

Soledad sinuosa saca de esta noche

Ciega belleza astringente en el viento

Fuerte en el traspatio traspasado de

Estrellas yendo más lejos levemente

Hacia tumba jatun-runa running

Pura por su corazón serrano pasa.

En su “Poética” dice Santiváñez: “Lo que busco es un olor, o un sabor / una visión y una música, incluso un tocamiento. Es decir, una percepción absoluta, inalcanzable. Ese es el tramado del poema”. Aquí retornan esos olores, sabores, visiones y música que ha dictado la tradición a la que Santiváñez se debe. Asimismo, la idea de una “percepción absoluta, inalcanzable” remite a la idea de que todo universo prosódico, eufónico, todo complejo de sensaciones tonales, no resulta de las palabras, aunque ellas son necesarias —son herramientas, caminos— para intentar (feliz fracaso) de encerrar a la realidad en lo que Heidegger llamó “la casa del ser”, el lenguaje. Veámoslo:

Al amanecer nos armamos de valor, simulamos

Pertenecer aún a la extremidad helada del sueño,

Deseando vislumbrar entre este encierro guardado

Del motivo que embutiría cápsulas destinadas

A combatir la corriente desmesurada de los cuerpos

Que imperceptiblemente trastocan su belleza

En oscuridad de invitaciones nunca aceptadas

Horadadas en un miedo permanente.

Hay un fluir lírico en los más logrados versos —en el engagement de formas y posibles contenidos— de Roger Santiváñez que resuena como educado en el proto-barroco garcilasiano, el mismo que resignificaron Eguren, Vallejo, Adán, Westphalen, Lezama… Santiváñez logra que lo florido se escuche llano (“Sólo en el instante del poema remolino”), y viceversa. Él consigue en sus poemas que el andar denso y el andar claro de las palabras, los enroques de ellas en los versos, se escuchen como un legato musical —donde ninguna nota o ego rítmico eclipsa al que precede o sucede—, como una voluntad lírica que sacude (gradualmente) el mirar y el escuchar del que las lee:

Las aguas del río avanzan sin prisa pero sin pausa y

el travieso rey solar otra vez

nos hiere con sus rayos súbitamente se esconde

entre los cúmulos pero mi visión

permanece deslumbrada. Hay alegría al otro lado

del río, perno es la mía.

No me pertenece como esta canción inmóvil.

De sus primeras piezas a sus últimos poemas publicados, la poesía de Roger Santiváñez ha transitado de una militancia lírico-social —años de Kloaka— a una política del ritmo, de un “coloquialismo” barroco a un barroco de goces melódicos: “para darme fugaces el sonido eterno /que las niñas guarden en su seno”. A saber, Santiváñez ha tocado (se escucha) un solo de eufonía.

 

[Pablo De Cuba Soria]

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