Nicolás Gómez Dávila: la mordacidad reaccionaria

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Nicolás Gómez Dávila (Colombia, 1913–1994) fue de esos pensadores que bien pudieran figurar en un inventario de raros. Con toda probabilidad, de haber sido un contemporáneo o antecesor suyo, Rubén Darío lo habría incluido en sus famosas semblanzas.

Gómez Dávila ha sido bastante ignorado por la crítica. Olvido que tiene tres razones fundamentales. La primera, debido a su pensamiento sostenido en una intelección explícitamente reaccionaria del mundo; por lo general un hándicap en los países hispanos, muchas veces regidos por instituciones de izquierdas, “progresistas”. Segunda, debido al tipo de género literario que cultivó: el aforismo y el ensayo fragmentario, formas de escrituras consideradas menores por los dictadores del Canon. Tercera, gracias a su carácter apartado de las luces de la publicidad: aristócrata de espíritu y bolsillo, por suerte no necesitó de los favores de la prensa y demás instituciones aseguradoras de la fama.

Coherente tanto en su forma de vida con en su pensamiento, el autor de Escolios a un texto implícito fue un retirado de la mediocridad mundana. El mundo, al igual que para Borges y otros delicados, fue su biblioteca: más de 30000 volúmenes en varias lenguas se contabilizaron cuando murió. Su mordacidad reaccionaria se formó en el conocimiento del saber libresco, leyó sin cansancio hasta hacer del Verbo creador parte de su espíritu, por eso le asistieron —si cabe— pocas  certezas: “si las palabras no reemplazan nada, sólo ellas completan todo”.

Un pensador que sostuvo que “la madurez del espíritu comienza cuando dejamos de sentirnos encargados del mundo”, delatando una visceral inteligencia reaccionaria, digna de un espíritu trascendente, jamás podría caer bien en tales estructuras de poder con etiquetas emancipadoras que han regido las instituciones en Hispanoamérica. He aquí su manifiesto reaccionario, con el que se distanció de todo fundamento socio-historicista de la realidad:

“Para el pensamiento reaccionario, la verdad no es objeto que una mano entregue a otra mano, sino conclusión de un proceso que ninguna impaciencia precipita. La enseñanza reaccionaria no es exposición dialéctica del universo, sino diálogos entre amigos, llamamiento de una libertad despierta a una libertad adormecida.”

Asimismo, como todo reaccionario genuino, Dávila fue un fascinado del tiempo anterior a la Historia: “los hombres se dividen en dos bandos: los que creen en el pecado original y los bobos”. El escepticismo marcó toda su escritura. Pero se trató de un recelo hacia la acción humana, no así hacia la acción divina. “Depender sólo de la voluntad de Dios es nuestra verdadera autonomía”. Su pensamiento se sustentó en sólidas bases teológicas. Sin embargo, ese principio teológico en su obra jamás cedió ante la mojigatería santurrona. En Dávila gravitó la idea de la ruptura de Dios con lo humano en el momento iniciático de la expulsión, de la misma manera en que lo mostró Miguel Ángel en la Capilla Sixtina: los dedos (de Dios y del hombre) que irremediablemente se alejan, por incompatibilidad de esencias, provocando una escisión que se profundizó con el paso de los siglos. “Ser consciente del fracaso, de la imposibilidad final de todo empeño. La conciencia del hombre es conciencia de su impotencia, es conciencia de su condición” (Dávila).

En otro nivel, su incredulidad hacia la era democrática, sea de color comunista o capitalista, lo llevó a creer que todo fundamento democrático deviene “una progresiva posesión del mundo”. Siempre pensó la Historia como un cíclico movimiento de posesiones. También detectó que los fundamentos y condiciones ideológicos, históricos y filosóficos de la Modernidad, no eran más que una continuidad de ese gran teatro bufo que es la Historia: “Las almas modernas ni siquiera se corrompen, se oxidan”.

Todo reaccionario deviene —es más, lo es por naturaleza— un exiliado profundo, un exiliado incorruptible. Nicolás Gómez Dávila no fue la excepción: pensó desde una necesidad de exilio, desde los fundamentos ontológicos que todo exilio entraña: el de un exiliado radical del mundo; a saber, un exiliado del tiempo, y no de geografías.

Desde una escritura y pensamiento mordaces, pero a la vez irónicos, pensó Dávila la realidad. Fue él un practicante de la causticidad lúdica; aforismos como “en cada hombre liberado, un simio adormecido bosteza, y se levanta”, así lo ejemplifica. Aspiraba a lo estático del ser —al descanso “apaciblemente en la felicidad del estancamiento”—, indiferente de transformaciones y revoluciones posibles. Supo detectar el tufo que entraña todo proceso que se jacta de revolucionario: “Toda revolución agrava los males contra los cuales estalla”.

Para Dávila cualquier tipo de reforma social o posible progreso era resultado de la falacia universal, de un mal radical; por eso, como Emil Cioran, como un auténtico y lúcido reaccionario, abogó por ahorrarle “a la humanidad los desgarramientos y las fatigas de la esperanza, las angustias de una búsqueda ilusoria”,  y se aferró —escritura y pensamiento mediante— al “instinto de conservación y el gusto por la tragedias”. A ese desiderátum ontológico aspiraba Nicolás Gómez Dávila, a una oficialidad de lo divino, al progreso de lo estático. ¿Será ese el más confiable de los estados posibles?

 

 

[Pablo De Cuba Soria]

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