Héctor A. Murena: el reaccionario y lo sagrado

Miguel Angel

A pesar de que todo reaccionario es un desclasado en materia de utopías, ciertos escritores de esa casta sostienen su pensamiento creador en una arraigada fe teológica. Emil Cioran catalogó a todo reaccionario como un fascinado por el tiempo que precede a la Historia. Para el pensador rumano francés:

“La doctrina de la Caída ejerce una fuerte seducción sobre los reaccionarios, de cualquier color que estos sean; los más inveterados y lúcidos saben además qué recursos ofrece contra el prestigio del optimismo revolucionario: ¿no postula acaso la invariabilidad de la naturaleza humana, condenada sin remedio a la decadencia y a la corrupción? En consecuencia no existe ningún desenlace, ninguna solución a los conflictos que asolan a las sociedades, ni tampoco posibilidad alguna de cambio radical que pudiera modificar su estructura: la historia, tiempo idéntico, es el marco en que se desarrolla el proceso monótono de nuestra degradación.”

Héctor A. Murena (Argentina, 1923 – 1975) se inscribe dentro de esa raigambre reaccionaria que el autor de Breviario de podredumbre postuló. Para Murena, “el arte nace por necesidad de Dios”; esto es, el arte existe por necesidad de un antes, de una memoria anclada anterior a la conciencia de los tiempos. Murena fue un creador donde la energía reaccionaria sostenía su pensamiento: veía en cada etapa del devenir humano el fantasma gravitante de la expulsión. Después de la Caída, el autor de La metáfora y lo sagrado (1973) apreciaba un eterno retorno de ese acontecimiento teológico en toda la historia de la humanidad. De ahí que para él el hombre fuera un extraño de todos los sitios y aconteceres.

Su visión del fenómeno América estuvo también marcada por el ideario reaccionario: “el drama de América es la repetición de la extranjería de hombre en el mundo”. Así, el caso americano no resultó una excepción en el pensamiento de Murena. Alimentó la idea de que América era la redundancia de la Caída, una doble expulsión:

“He aquí los hechos: en un tiempo habitábamos en una tierra fecundada por el espíritu, que se llama Europa, y de pronto fuimos expulsados de ella, caímos en otra tierra, una tierra en bruto, vacua de espíritu, a la que dimos en llamar América […] Ser fundamentalmente señal de una ausencia, ser ausencia, es cosa que aterra a los hombres. Vuelvo con ello el recuerdo de la Caída, la vertiginosa multivocidad del lenguaje caído, la percepción sin atenuantes de la posibilidad general de no existencia.”

En otro de sus libros, El pecado original de América (1965), el que fuera el primer traductor al español de Walter Benjamin, desarrolló una tesis de la identidad americana desde una dimensión metafísica, alejada de folclorismos y reduccionismos costumbristas. Como un reaccionario en toda su extensión, el escritor argentino validó sus argumentos desde presupuestos netamente teológico-filosóficos y estéticos, evitando así cualquier fundamento sociológico. Para Murena la Historia cobra importancia en tanto dadora de confirmaciones de la estaticidad de lo humano. A diferencia de otros ensayos clásicos sobre “lo americano” donde lo histórico-social deviene hilo de Ariadna de las ideas, Murena prioriza una visión artístico-teológica en la formación de ese ser americano.

Deja de importar en la prosa ensayística de Murena todas las contradicciones que permean su pensamiento —precisamente lo contradictorio es una de las formas de vitalidad trascendente—, ya que el hábil manejo de la ironía corrosiva, de la seducción de la frase y del olfato reaccionario, es lo que valoriza su escritura, lo que la vuelve atractiva. Aparte de los cuestionamientos y desacuerdos de cualquier índole —sea filosófica o histórica—, la escritura de Murena seduce cuando, por ejemplo, nos señala que América es una repetición del espacio físico (geografía) de la expulsión, y que Edgar Allan Poe es el primer americano auténtico porque “la verdadera palabra que lanza sobre Europa es en general la de destrucción, y específicamente la de aniquilación de la historia, aniquilación de Europa, términos similares para el hombre occidental”.

Murena fue más allá que casi todos: ¡Poe fue el primer americano! Ni Río Bravo ni Nuestra América; ni Darío u Ariel. Porque para Murena “las figuras de Poe componen en total un monólogo de lucidez delirante pronunciado desde el mirador de los expulsados, simbolizan el loco indagar por la presunta culpa que ha motivado el destierro de la casa natal y todas las derivaciones de esa situación, significan estrictamente —dentro del orden al que han sido transportados— los estados que padece el alma europea en el destierro”. Según el autor de Ensayos sobre subversión (1962) el primer americano que convulsionó artísticamente a Europa fue Poe. De hecho no olvidemos un argumento de peso que acredita esta ida: Baudelaire fue gracias a su mala pero fascinada lectura de Poe; el pensamiento poético moderno, entonces, tuvo su expresión primera en América. He ahí el primer golpe de autoridad americano en Occidente.

Podríase sin dudas cuestionar la tesis de Murena sobre Poe. Por ejemplo, si bien el autor de The Raven ejerció una fascinación decisiva en Baudelaire — “una conmoción decisiva”, confesó el poeta de Las Flores del Mal—, sería demasiado ligero desligarlo de la tradición poética occidental, sobre todo de los primeros románticos alemanes e ingleses. Así, la idea de un Poe devenido Adán resulta demasiado relativa, cojea. Sin embargo, más allá de cuestionamientos, la idea de Murena se haya henchida de una seducción literaria propia de un pensador de estructura ósea reaccionaria. Su obsesión: delatar el principio edénico que simbólicamente representó Poe para la Europa de Baudelaire. Una mente moderna y reaccionaria como la de Murena —todo moderno auténtico, es decir, todo antimoderno, siempre fue un reaccionario frente a la Historia y la Política; pero un vanguardista en materia de Arte—, no podía pasar por alto a aquel (nacido en Baltimore) que escribió: “Me propongo hablar del Universo físico, metafísico y matemático; material y espiritual; de su esencia, origen, creación; de su condición presente y de su destino”.

Por otro lado, como señaló Edmund Wilson, es que “lo que hizo a Poe particularmente aceptable para los franceses fue lo que le distinguía de la mayoría de los demás románticos de países de lengua inglesa: su interés por los asuntos de teoría estética”. Es Poe quien aparta la idea de la poesía como resultado de la inspiración. La modernidad poética empieza con Edgar Allan Poe, el poema se hace, no nos es dictado. Toda una bofetada a las musas.

Equidistante de comunes estudios preñados de complejos de inferioridad y culpabilidades ajenas, Murena analiza el problema de América, justo su pecado original, como una variación de la expulsión bíblica, o lo que vendría a ser lo mismo, el comienzo de lo humano arraigado en la idea de extranjería. Murena expuso sus ideas, como un auténtico reaccionario, mediante seductoras frases corrosivas:

“Digámoslo de entrada: los americanos somos los parias del mundo, como la hez de la tierra, somos los más miserables entre los miserables, somos unos desposeídos. Somos unos desposeídos porque lo hemos dejado todo cuando nos vinimos de Europa o de Asia, y lo dejamos todo porque dejamos la historia. Fuera de la historia, en este nuevo mundo, nos sentimos solos, abandonados, sentimos el temblor del desamparo fundamental, nos sentimos desposeídos. Es el primer sentimiento que da la pura condición humana, es la condición humana misma.”

En la línea de Nietzsche, el escritor argentino no vio más que eternas repeticiones de los mismos acontecimientos y dilemas existenciales a través de la Historia. Estuvo convencido de que lo sagrado es lo único válido y trascendente a lo que se puede aspirar. Un concepto del arte en virtud de lo sacro:

“El arte es la operación mediante la cual Dios mueve el amor recíproco de las cosas creadas. De esta renovación del estremecimiento paradisiaco que es el moverse de la metáfora queda un vestigio que se llama obra de arte […] La obra de arte es una escritura cifrada en la que quedan vestigios de la operación del arte. El arte es Dios operante, mostrándose a través de la súbita ausencia que se produce en un punto cuando algo es desplazado por la metáfora desde ese punto hasta otro. Dios infinitamente móvil pero quieto, presente pero invisible, tal es la obra: encierra en sí una imago ignota.”

El pensamiento de Murena es actual en la medida que nos desacomoda y exaspera con sus ideas. El sostén reaccionario de su pensamiento lo convierte en un eterno contemporáneo, en una mente de invierno. Si bien algunas de sus aseveraciones descansan en la hipérbole, justo ahí radican sus encantos. ¿Qué gran artista no recurre a manías de exageración para engrandecer causas mediocres? Por ello aseguró que:

“Sólo se vive con plenitud en el presente cuando se lo percibe en su totalidad desde la perspectiva del pasado. Sólo se es con profundidad contemporáneo al sumergirse en la contemporaneidad con la distancia del anacronismo.”

 

 

[Pablo De Cuba Soria]

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