Mircea Eliade o la plenitud de la existencia

La_anunciación_(El_Greco,_1570)

El pesimismo ha sido, por antonomasia, el sentimiento de los tiempos modernos. Desde imaginarios filosóficos como los de Schopenhauer, Kierkegaard y Nietzsche, el dejo amargo del desasosiego ha sostenido el espíritu de los últimos doscientos años. La razón cartesiana y las luces de la Ilustración sucumbieron ante el crepúsculo de los ídolos nietzscheano. Optimistas como Karl Marx han devenido por incomprensión sembradores de malestares culturales. El absurdo kafkiano y el caótico fluir de la conciencia de Joyce han tejido los hilos de la literatura posterior a ellos. Casi contemporáneos nuestros, como Fernando Pessoa, Cyril Connolly y Joseph Brodsky, por sólo citar tres de respirar envenenados, han escrito sobre tumbas sin sosiego.

Occidente ya superó estados sintomáticos para ser ejemplo del desgarro. “El grito, al decir de Pascal, irá sustituyendo a las otras expresiones humanas”. Las tecnologías y las modas no sellan las heridas del malestar; tampoco las creencias religiosas que, en vez de aunar, tienden a la separación. La música clásica de las últimas décadas ha tendido marcadamente a la esterilidad, revelación de una depresión del espíritu. La tierra baldía de Eliot es el gran escenario del mundo: “Me parece que estamos en el callejón de las ratas /donde los muertos perdieron sus huesos”.

¿Cómo encontrar, entonces, si la existencia ha devenido cuerpo mutilado por el mal, respiraderos contrarios al pesimismo? Un nihilista hasta el tuétano como el rumano-francés Emil Cioran, para quien esos posibles respiraderos o espacios para el optimismo eran quimeras en estado puro, escribió lo siguiente sobre un coterráneo suyo:

“Todos somos más o menos unos fracasados. Eliade no lo era en absoluto, se negaba a serlo, y ese rechazo o esa imposibilidad es la causa de que su obra literaria repugne a ese lado demoníaco, autodestructor, positivamente negativo tan característico de cualquier destino valaco. Era el menos balcánico de todos nosotros. No tenía ni el gusto ni la superstición del fracaso, ignoraba el alivio de abandonar un proyecto y la voluptuosidad inherente a toda proeza irrealizada.”

Este optimista del que habla Cioran es Mircea Eliade (Rumania, 1907 – Estados Unidos, 1986), un creador que se elevó como pocos a la totalidad de la existencia. Diferente a la necesaria legión de angustiados viscerales, encaminó su vida y obra en “mostrar todo aquello de lo que somos capaces” [Cioran]. Filósofo, historiador y novelista, Eliade ha legado posiblemente los estudios más enjundiosos acerca de las religiones tanto de Occidente como orientales. No se conformó con el acercamiento libresco a su objeto de estudio, sino que convivió con diferentes culturas para así comprender las esencias y móviles de cada raza.

Eliade nació en Bucarest y se licenció de Filosofía en la misma ciudad a la edad de veintiún años, para entonces trasladarse a la India en busca de la otra mitad que, según revelan sus diarios, necesita para comprender el alma humana: “Un día no lejano, Occidente no sólo tendrá que conocer y comprender los universos culturales de los no occidentales, sino que además se verá obligado a valorarlos como parte integrante de la historia del espíritu humano” [Diarios, 1960].

También cursó estudios de sánscrito y pensamiento hindú en la Universidad de Calcuta con el gran erudito Surendra Nath Dasgupta. Después pasó unos meses en el Himalaya antes de retornar nuevamente a su tierra natal, donde impartió cursos de filosofía. Su novela Maytreya (1936), en la que relata su turbulenta historia con la hija de Dasgupta, lo dio a conocer como nuevo valor literario.

Pero más allá de la atendible producción literaria de Eliade, su principal legado descansa en el estudio de las religiones como explicación de hierofanías (manifestaciones de lo sagrado en el mundo): “La historia de las religiones se refiere a lo más esencialmente humano: la relación del hombre con lo sagrado. Las crisis del hombre moderno son en gran parte religiosas en la medida en que suponen la toma de conciencia de una carencia de sentido” [Mitos, sueños y misterios, 1971]. Obras capitales suyas como El mito del eterno retorno (1949), Tratado de historia de las religiones (1949) y los tres volúmenes de Historia de las creencias y las ideas religiosas (1985), así lo ejemplifican. Formó parte del famoso Grupo Eranos, círculo que acogió a varios de los más renombrados científicos y pensadores del pasado siglo.

Eliade fue portador de una salud profunda, ajena a cualquier clase de hastíos. “Un espíritu abierto a todos los valores propiamente espirituales, a todo lo que opone una resistencia a lo mórbido, que lo vence” [Cioran]. Sus profundizaciones en prácticas como el yoga y el chamanismo, legitiman a un ser que conjugó las fuerzas del cuerpo y del espíritu. Los idiomas que dominó (rumano, francés, alemán, italiano, inglés, hebreo, persa y sánscrito) nos revelan a un hombre que se vigorizaba constantemente a través del Verbo; que se abría a mundos de fascinación.

Toda una funesta centuria nos separan del nacimiento de una de las mentes más lúcidas de nuestra época. El incalculable valor literario y científico de su escritura ha tenido contadísimos iguales. Cada religión o creencia nuevas resultaban para él vía de conocimiento, no de confrontación. De lo único que descreyó fue del hombre como lobo del hombre; de tal manera alcanzó (como buen orientalista) la plenitud de la existencia. “Ignoró hasta lo inimaginable la seducción de la pereza, del tedio, del vacío y del remordimiento” [Cioran]. Murió en Chicago a la edad de setenta y nueve años.

 

 

[Pablo De Cuba Soria]

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