Bertolt Brecht, el exiliado de todos los sitios

Brecht : Benjamin

Bertolt Brecht (Augsburgo, 1898 – Berlín, 1956) fue uno de esos creadores que, paradoja sólo reservada a los raros geniales, ha devenido recolector de influencias e incomprensiones. Tanto en vida (e incluso más allá de su tránsito vital: hasta los difuntos son sucesivos) como en obra, el autor de La ópera de los tres centavos (1928) es sin margen a demasiadas dudas de los más polémicos e imprescindibles escritores de la pasada centuria.

El epíteto dado a Brecht en el título de estas líneas: “el exiliado de todos los sitios”, contiene en toda su magnificencia y miseria a ese descendiente y negador de Esquilo, Shakespeare, Moliere, Goethe, Ibsen. El creador de Vida de Galileo Galilei (1938) siempre resultó un extranjero en todos los suelos, incluyendo el de su nacimiento: Alemania. Un auténtico exiliado del universo, como bien lo confirma este pasaje suyo: “El señor K. no consideraba necesario vivir en un país determinado. Decía: En cualquier parte puedo morirme de hambre” [Historias del señor Keuner]. El autor de El círculo de Tiza caucasiano (1945) fue un incómodo en el sentido más ríspido del término.

Su profundo e irreverente desasosiego frente al historial humano lo condujo a la expulsión de todos los “paraísos” terrestres posibles: desde Svendborg (Dinamarca), pasando por Londres, París, Praga, Ámsterdam, Nueva York, Viena, Moscú, hasta su deceso en la Berlín del Este. Ya lo dijo en uno de sus versos emblemáticos: “Cambiamos de país como de zapatos”. Creyó con pueril fervor en las transformaciones sociales; su paso por la tierra y su obra se encargaron de desengañarlo.

La visión existencial brechtiana es la del incrédulo visceral, aunque parte de su obra y persona traten en no pocas veces de mostrar lo contrario. La idea de la función social y transformadora del arte por la que Brecht abogó, se deshace (supera) en sus grandes textos, sean para la escena o poemas: “Verdaderamente, vivo en tiempos sombríos. /¡Qué tiempos éstos en que hablar sobre árboles es casi un crimen / porque supone callar sobre tantas alevosías! / Ese hombre que va tranquilamente por la calle /¿lo encontrarán sus amigos / cuando lo necesiten?” [A los hombres futuros]. El espíritu rebelde de Brecht, su falta de fe hacia nuestra raza —hacia la historia del hombre y sus infinitas expulsiones—, lo llevó a emitir ladridos deliciosamente áridos: “Si la gente quiere ver sólo las cosas que pueden entender, no tendrían que ir al teatro: tendrían que ir al baño”.

Los detractores de Brecht se han valido de su adhesión al marxismo para esgrimir juicios en detrimento de su creación, principalmente contra su dramaturgia. En efecto, desde joven Brecht fue militante del comunismo alemán a finales de la década del veinte, luego de haber servido como soldado sanitario en la Primera Guerra Mundial. Pero más allá de su filiación ideológica (cada escritor es en primer lugar responsable de la calidad de su escritura, no de sus ideas políticas) Brecht concibió toda una teoría transgresora dentro del teatro moderno: la estética del extrañamiento. Una estética sostenida en la técnica dramática conocida como Teatro Épico.

Brecht opuso sus concepciones de la dramaturgia al ideal del Teatro Clásico. A partir del rechazo a los métodos tradicionales de puesta en escena, prefirió una manera narrativa de ruptura en la que los mecanismos de distanciamiento impiden que el espectador llegue a identificarse con los personajes. Tal representación del mundo a través del arte, tuvo que chocar inevitablemente tanto con los aberrantes ideales del realismo socialista como con los preceptos de la decadencia burguesa. Si bien se vio obligado a irse de los Estados Unidos por sus ideas marxistas, también fue una figura controvertida en la entonces comunista Europa del Este. En países (sea cual fuera la ideología predominante) donde el grosero culto a la heroicidad es el pan de cada jornada, no tenía cabida la frase que Brecht puso en boca de Galileo: “Desgraciado el país que necesite héroes”. Para él, igual que para el doctor Johnson, el patriotismo podría definirse como “el último recurso de un pillo”.

Hay tres fotografías en la que Brecht y Walter Benjamín —el mejor exégeta de la obra brechtiana— juegan al ajedrez. El encuentro entre ambos ocurrió en Svendborg, en 1934, y está descrito por Benjamin en sus Conversaciones con Brecht. Dos de las imágenes muestran a los dos “oponentes” inmersos por completo en la partida —que según especialistas se desarrolló en las complicaciones tácticas de una Defensa francesa—, planeando/imaginando sus destinos en los entresijos de las sesenta y cuatro casillas, exiliados ambos del afuera, del entorno; esto es, habitantes de otras comarcas e ideologías lejanas de este mundo. La tercera foto sí muestra a Brecht mirando el lente de la cámara, es decir, mirándonos. Pero cuidado, nos está mirando (mirada fugaz que el lente eternizó) desde un esencial extrañamiento, desde su radical exilio.

Eugen Berthold Friedrich Brecht fue un exiliado de raíz cuya única patria fue la literatura. Todos los sitios le resultaron extraños en su sentido más desconcertante; semejante al efecto que sus creaciones provocaron (provocan) en cada uno de sus espectadores. Murió a los cincuenta y ocho años a causa de un ataque cardíaco. Luego del Fausto de Goethe, La ópera de los tres centavos y Vida de Galileo Galilei son las piezas teatrales con más puestas en escena en la historia del teatro occidental.

 

 

[Pablo De Cuba Soria]

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