Escritura, Levedad, Historia

Leve historia de CubaUno de los más grandes comerciantes de la causticidad lúdica, Ambrose Bierce, nos dejó quizás la más deliciosa definición de esa inútil sensación que es el transcurrir de advenimientos y advenedizos que llamamos “Historia”. En su Diccionario del Diablo Bierce escribió: “Historia: Un relato, mayormente falso, de sucesos mayormente sin importancia que se hace sobre gobernantes mayormente trúhanes y soldados mayormente idiotas. De la historia romana, según muestra el gran Niehbur, el noventa por ciento es mentira”.

Leve historia de Cuba (Pureplay Press, 2007) de Enrique del Risco y Francisco García es un conjunto de “relatos históricos” que de muchas maneras se arriesgan por los atajos de la idea anterior de Bierce. La Historia, nos señalan entre líneas los autores, no se componen de identidades inalterables, sí de anonimatos. De ahí que los grandes protagonistas del devenir de la isla sean bajados de sus pedestales y perpetuidades de mármol y bronce para quedarse a la zaga de cualquier desconocido, llámese este Yuyo el Ciego o simplemente Pupi.

El choteo que teorizara Mañach (ya esbozado anteriormente por Fernando Ortiz) alcanza en esta colección de relatos su dimensión axiomática, esto es, aquella que nos salva del continuo derrumbe de arquitecturas y valores. Se me ocurre que el destiladero de chismorroteo burlesco del que hablara Carlyle resulta otro de los imaginarios que sostiene Leve historia de Cuba. Ese Martí que hace de la hoja perdida de su Diario de Campaña un pitillo (nada de negritos de la Borrero, como imaginó Lezama), que desea irse de aquella guerra y que recibe la risa socarrona de otros mambises cuando se enteran de sus grados de mayor general; ese Fito Pimpollo que filma un cohete soviético cuando la crisis de Octubre; o ese Casal “avasallado por la fiebre y la fijeza de una pesadilla exótica”, revelan héroes al revés, desde anchuras lúdico-burlesca, que le rebaja a la Historia su poco confiable gravedad.

No se debe olvidar que del Risco y García (tampoco olvidar que son dos, a diferencia de “aquellos” Ortega y Gasset cuya visita a Cuba fuera anunciada en un periódico habanero) historian la Isla desde la ficción narrativa. Pero, ¿acaso no ha quedado claro que la Historia es eso: Escritura, variaciones léxicas de un acontecimiento dado? Todo lo que se sostiene en escritura termina auto-friccionándose; de ahí que la Historia siempre deviene invención, o para decirlo al modo inglés: toda History es a fin de cuentas story, multiplicidad siempre multiplicándose que se pierden tanto en la ficción de la noche de los tiempos como en las ficciones (utopías) futuras. Ya no es una tensión entre vencedores y vencidos, sí entre ficción y realidad, donde la primera irremediablemente se termina engullendo a aquella que llaman objetiva. El espíritu de época decimonónico cubano lo experimentamos con más intensidad en Mi tío el empleado de Ramón Meza, que en cualquier tratado histórico sobre aquellos años. El libro que reseño es también ejemplo de esa amenidad escrita y puesta en jaque (todo humor resulta un cuestionar) que nos revela el pasado.

“El único deber que tenemos con la historia es reescribirla”, escribió el dandy Wilde. Cuba es parte de Occidente desde 1492, cuando unos bandidos trajeron el castellano y el relajo. Luego nuestro primer monumento literario fue Espejo de paciencia, exóticamente caricaturesco, anquilosado hasta el tuétano, de lectura tan tediosa que ya el título te exige tolerancia a gritos. Todo lo que para Cintio Vitier empezó representando lo cubano en la poesía siempre reclamó desde su iniciar un poco de risa, grandes inyecciones de humor. Los autores de Leve historia de Cuba han reescrito nuestra genealogía desde una base de falsas verdades y utopías sin esperanzas; han desplazado centros protagónicos (más bien anulado) hasta las márgenes de lo desconocido, ese sitio donde todo recolector de desengaños se siente a gusto, confortable. No asistimos a un Cristoforo Colombo viendo lirismo de luz en nuestra Isla, sino “todo al revés de lo que aseguraba el Almirante: no hay Levante ni tierra alguna. La sangre; el fuego; el abrazo del pedernal con el acero, el rayo y las bestias; lo que será y es, no son más que puro delirio: naufragio en la propia orilla”.

Otros de los atributos de Leve historia… son el uso eficaz de las intertextualidades y el habla popular (refranes, dichos, giros lingüísticos a lo cubiche), la prosa límpida y cautivadora (que no regalada), y el diálogo crítico e irreverente a través de la ironía y el humor con la historiografía oficial (Le Riverend & Co.), aquella (la oficialista) que sólo ha sido dadora de gravedades y épicas de mármol, esto es, siempre secuestradora de los eventos y chismes que tras bambalinas acontecen. Asimismo, en este libro las narraciones trasmiten esas dosis de ingenuidad aparente cuyo principal objetivo, aparte de la complicidad creador-lector, es desestupidizar (anular) todo ese imaginario de camisas de fuerzas que nos han querido imponer en/desde la Isla infinita y otras esquinas del mundo. Leve historia de Cuba es una lectura que desprovee al hombre (hasta el desengaño) de quimeras totalizadoras.

En su cuento “El procurador de Judea”, Anatole France (a quien Proust señalaba equivocadamente como el talento novelístico más brillante de su tiempo) relata un pasaje en el que dos personajes de la más selecta casta del Imperio Romano, retirados de la actividad política, recuerdan acontecimientos del pasado. Uno de ellos responde al nombre de Poncio Pilatos, a quien le resulta imposible acordarse de un tal Jesús de Nazaret. El ex-representante del imperio en tierras judías se rascaba la cabeza hurgando en su memoria, pero todo era en vano. Pilatos rememora otros nombres, Barrabás por ejemplo, pero nunca acierta con/recuerda el del apóstol, el del Hijo del Hombre…

Este relato de France nos revela una gran ironía: la levedad de la existencia, el derrumbe de los grandes relatos históricos. Nos pone también frente al reverso de la Historia. Enrique del Risco y Francisco García han escrito Leve historia de Cuba, estoy seguro, desde el convencimiento dudoso de la (in)soportable levedad y caída de casi toda una Isla. Así como desde la certeza de que toda la Historia no es más, Italo Calvino dixit, que “una infinita catástrofe de la cual intentamos salir lo mejor posible”. García y del Risco (repito: son dos) se nos presentan en las páginas de su libro como herederos/continuadores de aquellos comerciantes de la causticidad lúdica.

 

 

[Pablo De Cuba Soria]

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