Cuando el Tenis se miró a sí mismo (Roger Federer a sus treinta y tres)

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Martina, Steffi, Chris, Serena… Sampras, Lendl, Nadal, Borg, Agassi, Connors… Ellas, ellos han sido los autores de la historia del “deporte blanco”. Melbourne Park, Stade Roland Garros (recinto sagrado del deporte y campo de concentración), Centre Court (la Meca) y las pistas del Flushing Meadow Park (NY) han sido las canchas en las que estos semidioses han ofrecido sus saques y voleas, sus drives y reveces, sus dejadas y smashes. Cada una y cada uno marcaron épocas, llegando incluso a desafiar el ideal de perfección en ese deporte.

Sin embargo, con Roger Federer el Tenis alcanzó su estadio de máxima vitalidad, de suprema belleza, que a su vez ha devenido en estado de mortandad.

Vida y Muerte. Eros y Tánatos. Pulsión de Vida y pulsión de Muerte. ¿Por qué? ¿Qué viene después de Federer? ¿Su casi contemporáneo Rafael Nadal? ¿El un poco más joven Novak Djokovic?

Rafael Nadal quedará como esa incombustible bestia que por garra, músculo y muchísimo talento previsible hizo más eterno a Roger. Con un aplastante record a su favor (23 – 10), la némesis Nadal ha puesto en su real perspectiva eso que David Foster Wallace llamó “Momentos Federer”. Nadal con sus victorias (algunas muy cómodas, sobre todo en los últimos años) nos hizo ver a un tenista humano, demasiado humano… Nos ha recordado que Belleza y Perfección son estados demasiado transitorios, apenas probables. Nadal nos ha recordado que no sólo la victoria importa en el deporte.

Ya sabemos que los deportes se sostienen en un esencial componente bélico, donde uno simplemente gana y el otro pierde, donde el aqueo derrota al troyano, donde Aquiles arrastra a Héctor por el polvo ante los ojos de Príamo. Sin embargo Belleza no es de un único bando: a veces Helena es aquea, en otras (justo durante la guerra) es troyana. Belleza no sólo vive de la vincere, esta demasiado arraigada en los sucesos que Historia registra; Belleza también vive de aquello que Historia tiende a ocultar, porque apenas resulta narrable: algunos lo llaman experiencia místico-religiosa, otros estética y/o artística. Afrodita: la siempre caprichosa, la descreída del bien y del mal, del triunfo y la derrota.

Esa “belleza cinética”, donde el cuerpo desafía las leyes físicas del movimiento humano, representaba para David Foster Wallace una de las claves de esa “experiencia cuasi mística” que significa ver a Federer en acción. Dejadas improbables, retornos que ni en la más soñado de los sueños, pelotas devueltas que hasta el más incrédulo de los Tomás (pregúntenle a Agassi, a Djokovic y a otros tantos) pudiera negarse a dar fe de esos relámpagos (zarza ardiente), de esas resurrecciones, componen esos “Momentos”, no matter winners or losers.

Asimismo, del serbio Djokovic hay muy poco que decir: un excelente tenista que ha ganado y ha perdido, como cualquier otro gran deportista de élite, con los mejores de su tiempo. Nole —y quizá también Murray— parece que sacará provecho del “envejecimiento” de Roger, de las lesiones que últimamente persiguen a Nadal.

Federer acaba de cumplir (8 de agosto de 1981) la edad de Cristo, a saber, para un deportista de élite generalmente el año de su crucifixión. Desde Wimbledon en 2012 no ha ganado otro Grand Slam —tiene 17, el máximo en la historia—. En julio pasado (2014) perdió la final del mismo torneo londinense en 5 sets con Djokovic. Y hoy, agosto 17, ha ganado después de 2 años de sequía, su vigésimo segundo Masters 1000 en Cincinnati, sólo superado por los 27 de Rafael Nadal. El año de su crucifixión, bien puede ser el de la enésima resurrección del “reloj suizo”, del eterno “genio de Basilea”.

Ya el último Grand Slam de este 2014 (USA) dirá si Federer ganará su 18 grande… Pero ello dará prácticamente igual: ahí están sus 80 títulos en 121 finales —17 Grand Slams, 6 ATP World Tour Finals (récord), 22 Masters 1000…—, y sobre todo, más allá de sus incontables victorias y sus pocas derrotas, es el más grande tenista de todos los tiempos (afirmación pedante pero exacta), por sus títulos, sí, pero sobre todo por esos muchísimos “momentos” donde el Tenis (perplejo, incrédulo, elegantemente feliz) se ha mirado a sí mismo.

Hegel y Mallarmé llegaron a imaginar esos “momentos” en que Espíritu y Poesía se pensaron a sí mismos. Con Roger Federer —permítaseme esta atrevida intuición— el Tenis alcanzó su condición “espejo”: el tenista de Basilea es la imagen que nos devuelve la mente cuando cuando se habla de este deporte.

En la Final de los Juegos Olímpicos de Londres en 2012, luego de perder la final ante Andy Murray (Federer nunca ha ganado los Olímpicos en individuales, aunque sí en dobles con Wawrinka en Pekín 2008), lo vi besar su medalla de plata con la grandeza del más grande, con el sosiego de quien ha oficiado como sacerdote —en los recintos sagrados del “deporte blanco”— en las nupcias de Perfección y Belleza.

[Pablo De Cuba Soria]

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