Minima Moralia o el materialismo melancólico

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Con la filosofía nietzscheana se originó una fractura —resultante de los quiebres que provocaron Kierkegaard y Schopenhauer— de los grandes sistemas filosóficos que van desde Platón (uno de tales inventores de Sócrates, junto a Jenofonte et al.) hasta Hegel[1]; o más bien se produjo el retorno a un modelo de escritura presocrática donde literatura y filosofía no se pensaban como conceptos/modos de intelección separados o ajenos. Adorno escribió su Minima moralia o ciencia melancólica justamente en abierta “rivalidad” con Nietzsche, a contrapelo y a partir de esa gaya presencia que el filósofo de Röcken martilló cuando iba perdiendo su fe en Wagner, cuando desde hacía más de una década ya había perdido “sus últimos «fardos»: cierto nacionalismo, cierta simpatía hacia Bismarck y Prusia” [Deleuze].

Pero esa rivalidad que Adorno estableció con Nietzsche se desprendería de una deuda de amor soterrado, ya que se expresó en la inclusión recíproca de los contrarios: uno de los pares antinómicos contiene al antagonista, el vencedor al vencido o el elegido al expulsado, y viceversa. Adorno —quien profesó una fe hacia la dialéctica crítica, según testimonian sus obras fundamentales y según le confesara a Thomas Mann en una carta fechada en el exilio californiano— se desvía en su obra menos teórica de esa fe materialista, para adherirse a una certeza musical, quizás la que sostuvo los mejores momentos de su escritura y pensamiento. Incluso, los recurrentes lapsus de teoría crítica que contiene el libro se manifiestan en/desde resonancias literarias: el pensamiento es abortado del espacio netamente filosófico en virtud del decir y escuchar fragmentados. La voluntad sistémica que sostuvo a obras como Dialéctica de la Ilustración, se substituye ahora por una voluntad de fragmento, de resonancias mentales.

Minima moralia puso a dialogar al fantasma marxista con las vibraciones nietzscheanas, y a las síntesis reconciliadoras hegelianas con una colisión armónica y a veces contrapuntística de palabras/frases más deudoras de las escrituras de Schopenhauer y Nietzsche que de La fenomenología del Espíritu. De ahí que leamos frases/ideas como estas: “Entre «yo soñé» y «me puse a soñar» se inscriben todas las edades del mundo”; “Verlaine: el pecado mortal perdonable”. Por esa razón (¿también melancólica?) el libro empieza invocando a Proust, “el hijo de padres acomodados que, no importa si por talento o por debilidad, se entrega a lo que se llama un oficio intelectual”.

He aquí, tanto o más que una ética del espíritu, la moral estético-musical de Adorno; tanto o más que un materialismo dialéctico, un materialismo melancólico.

 

 

[Pablo De Cuba Soria]


[1] La era de la razón sistémica podría finalizar con Marx, quien como señaló Isaiah Berlin en Karl Marx: Su vida y su entorno, no dejó un sistema filosófico propiamente dicho, pero sí una obra derivada de un deseo de sistema.

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